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Por Janet Mylin

¿Te ha pasado que hay algunas fechas que son solo marcas en el calendario, y luego sucede algo en ese día tan promedio que lo cambia para siempre y nunca más se te olvida?

4 de junio de 2018: El día en que Dios me dijo suavemente que debía “estar dispuesta a ser aplastada” para que mi vida pudiera multiplicar su fruto. Así como con el pan y el vino de Comunión, el grano y la uva se multiplican al ser aplastados. Ingenua, pero confiadamente, dije: “Señor, si Tú eres quien me aplastará, entonces sí. Estoy dispuesta para que Tú des fruto”.

4 de julio de 2018: Vi a mi mamá por primera vez después de un par de años. Hubo una ruptura en nuestra relación. Yo quería dar un paso hacia la reconciliación y creo que ella también. Nuestro reencuentro no fue mágico, pero me animó. ¿Quizás podríamos seguir adelante?

6 de julio de 2018: El espíritu de mi mamá se alejó inesperadamente de su sillón y se unió a la presencia de Dios, su Padre Perfecto.

Así comenzó una temporada de aplastamiento que nunca hubiera imaginado. Pérdida, enfermedad, más pérdida, dolor, despedidas difíciles, depresión… por meses.

En medio del duelo por la pérdida de mi mamá, la pérdida de la oportunidad de una reconciliación, la pérdida de expectativa, he hecho un gran trabajo profundo, con consejeros, el Señor, la Palabra, mi diario y algunas personas de confianza. A medida que he procesado mi relación con mi mamá, me ayuda a imaginar esto:

Me imagino la cómoda de mi mamá en su dormitorio, toda llena de tazas bien acomodaditas. No son tazas físicas, sino tazas figurativas, todas representando las cosas buenas que ella quería verter en mí. Algunas estaban vacías porque ella me las dio, pero otras estaban llenas, llena de las cosas que quería darme, pero que, por alguna razón, no lo hizo o tal vez no pudo darme.

Pero las tazas estaban ahí. Probablemente toda mi vida habían estado ahí. Ella quería llevar esas tazas a mis labios en la vida, pero no pudo hacerlo.

Y luego pensé en todas las mamás. Pensé en mí.

¿No tenemos todas tazas de las cosas buenas que queremos darles a nuestros hijos? Tazas de coraje, fortaleza, amor, gracia, alegría, discernimiento, propósito… Pero la vergüenza puede evitar que pensemos que tenemos la autoridad para dárselas a nuestros hijos si nosotras mismas no las estamos bebiendo. O tal vez sea una insuficiencia. “Obviamente no sé nada sobre la alegría. Entonces, ¿qué me hace pensar que puedo ayudar a mis hijos a beber de una taza de alegría?”

“Estoy pensando en la Rahab de la Biblia. Ella era una prostituta. Tenía cero razones para confiar en cualquier hombre. Sin embargo, ella firmó voluntariamente firmó un acuerdo de confianza con dos espías del ejército de Josué, poniendo literalmente en sus manos su vida y la vida de su familia. Ella no bebía Confianza junto con su café por la mañana, pero la encontró dentro de ella para tomarla y proteger a su familia de una destrucción inminente. (Puedes leer la historia completa en Josué 2-6).

Quizás estés pensando: “¿Qué tenía ella que perder? Su ciudad iba a ser destruida de cualquier manera”.

Cierto, pero se arriesgó por el bien de la libertad. Libertad para ella misma y libertad para los que más amaba.

¿Estás dispuesta a correr ese riesgo?

Gracias al Espíritu Santo, no estamos con las manos vacías. Sin importar cómo se vea o cómo no sea nuestro pasado, tenemos un Ayudador, un Abogado y un Consolador que nos ayuda a tomar las tazas que antes ni siquiera habíamos tocado para que nuestros hijos puedan beber de ellas.

El texto anterior es un extracto de mi último libro “Arrows Make Terrible Crowns: How the Holy Spirit healed my view of motherhood” [Las flechas hacen coronas terribles: Cómo el Espíritu Santo sanó mi visión de la maternidad].


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